FAROLAS
Aquella
noche Marta sólo podía mirarse los pies. En el camino de vuelta a casa
empezaba a ser consciente de lo que había hecho en la espesura del parque.
Durante unas horas todo fueron risas, charla animada, beber y beber y compartir
miradas furtivas. Los recuerdos se difuminaban en un cuadro impresionista hasta
que la nitidez situó su memoria en leves reflejos amarillos sobre la piel
desnuda de esos dos cuerpos que la tomaban una y otra vez mientras ella se
dejaba llevar por unos instintos que no sabía que podían ser suyos. Marta
vomitó vergüenza y siguió caminando.
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