CORRE
Pagó el taxi sin mirar el billete. Bajó volando y atravesó la entrada con un gran salto. El corazón galopaba en el pecho de Pablo y las sienes le ardían. Aquellas luces fluorescentes le secaban la boca y facilitaban que las primeras lágrimas resbalasen por su cara. Sin pausa, sin parar de trotar, sin dejar de fijarse en cada letrero, recorrió los pasillos y abrió todos los accesos. Dónde estaban. Cómo se llegaba. No podía tardar más. Una de esas puertas fue la correcta. Y allí, en brazos de su mujer, pudo ver a su hijo por primera vez.
Pagó el taxi sin mirar el billete. Bajó volando y atravesó la entrada con un gran salto. El corazón galopaba en el pecho de Pablo y las sienes le ardían. Aquellas luces fluorescentes le secaban la boca y facilitaban que las primeras lágrimas resbalasen por su cara. Sin pausa, sin parar de trotar, sin dejar de fijarse en cada letrero, recorrió los pasillos y abrió todos los accesos. Dónde estaban. Cómo se llegaba. No podía tardar más. Una de esas puertas fue la correcta. Y allí, en brazos de su mujer, pudo ver a su hijo por primera vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario