PENSIÓN
Aquel cuerpo que tenía encima no dejaba de entrar y salir de
ella con vehemencia sin producirle el más mínimo sentimiento. Miraba hastiada el
reloj de la pared empapelada hacía varias décadas, tumbada bocarriba en unas
sábanas grisáceas. Él acabó orgulloso y se secaba el sudor del pecho con una
toalla raída. Alexandra entró al baño mientras él se marchaba. Asomó la cabeza
sin levantarse para comprobar que todo su dinero seguía en la mesilla. Bajó las
escaleras retocándose los últimos detalles del peinado y firmó en el libro de
registros. Abrazó con cariño a la dueña. “Luego vuelvo”.
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