CUARENTA
Llevaba
un vestido claro, algo escotado, pero discreto y elegante; una rosa prendida en
el bolso, tal como habían acordado, e iba peinada y maquillada igual que en las fotografías.
Pero los nervios se habían adueñado de ella desde que decidieron quedar y
conocerse y Carla se presentó en la cafetería antes de tiempo. Removía el café
creando torbellinos de espuma. Analizaba cada moldura del marco de la puerta. El
segundero del reloj temporizaba sus latidos. La hora se había cumplido con
creces y una sensación encarnada subía por sus mejillas. Otra vez ridícula. Otra
vez estúpida. “Camarero, cóbreme”.
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