CUENTA
ATRÁS
El
constante martilleo de las agujas pesadas del reloj del salón marcaba un ritmo
eterno y decadente a juego con el mobiliario. En aquel viejo butacón, las manos
de Don Emilio descansaban levemente sosteniendo a Dorian Gray una vez más. La mirada
perdida en las estanterías repletas le transportaba entre jadeos a los momentos
más claros de una vida de oscuridad. Rememoró por fin los ojos más bellos que
le habían enamorado, aunque ella fuera una esclava encadenada a un club de
carretera. Se dejó mecer por el dolor que le recorría el brazo izquierdo. Y sucumbió.
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